miércoles, 23 de abril de 2008

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Billy the kid conoció a Fiorellita carapálida en un descampado al norte de un refugio improvisado para el atraco de ganado. Fiorellita carapálida era una niña de 20 años, descendiente de inmigrantes italianos y cuidada por un grupo de indios aulladores. Sabía contar hasta veinte y armar tiendas de campaña para inviernos.

La primera vez que la vio, Billy the kid salía corriendo hacia su escondite con algunas cuantas cabezas de ganado. No detuvo el paso del caballo, pero sí la vista; así que esa descoordinación le valió perder 59 bueyes y dos balas de su rifle.

Fiorellita carapálida era menuda y tenía los ojos color caramelo. Le encantaba el mar, los veranos y, de haberlas conocido, las malteadas de vainilla. Billy the kid no conocía de caramelos, de mares y muchos menos de malteadas de vainilla. Pero no le importaba su propia ignorancia.

Sólo le atemorizaba un poco el hecho de haber perdido junto con las dos balas de su rifle, los restos de una sombra que lo acompañaba.

Back to the old house

Finalmente me encontré y estoy tan contento que he organizado una fiesta de bienvenida. No faltarán los confetis, algunos cuantos globos y otros tantos gorros. Incluso he cursado una invitación a los monstritos que albergo en la heladera. No estoy seguro si vendrán, pero al menos sabrán que no los he olvidado. Eso sí, estoy un poco despintado, pero debe ser por la aventura de esta búsqueda.

martes, 30 de octubre de 2007

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Billy the kid soñaba con vivir en Buenos Aires, tierra de tangos y milongas.

La primera milonga que escuchó fue en una oscura taberna del centro de la ciudad. Un inmigrante gaucho había entonado su melodía sin importarle el qué dirán.

Billy the kid solía espiar al inmigrante gaucho. Lo siguió durante semanas, desde la mañana hasta la noche. Aprendió a cebar mate y a exagerar los números. Aprendió también que existía una región llamada Córdoba y que los gauchos extrañaban sus pampas y sus lluvias.

Billy the kid adoptó el dejo de aquel gaucho hasta que un día, en una reyerta en el mismo bar dónde conoció las bondades de Gardel, apuñaló por error a cierto amor anónimo.

Desde entonces Billy the kid, solo sabe que un sabor extraño inunda el Río de la Plata.

lunes, 29 de octubre de 2007

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Billy the kid se cambió de nombre en 17 ocasiones distintas y ninguna de aquellas veces fue con intenciones de evadir a la justicia. Billy intervenía en reyertas ajenas e inventaba trifulcas propias de las cuales siempre lograba salir con alguna que otra cicatriz. Todo en aras de obtener un nuevo rostro, un nuevo nombre con el cual pueda salir al encuentro de cierto amor anónimo y recuperar algunas noches y ciertas caricias en las manos.

viernes, 26 de octubre de 2007

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Cerca de un despeñadero, Billy the kid solía contar hasta diez y disparar. Le gustaba el sonido de su voz, perdiéndose en el fondo de aquella grieta inmensa.

Los disparos que hacía no eran más que tres, a fin de no romper la hermosa simetría entre ellos y la cantidad de monedas con las que contaba.

Billy the kid silbaba al terminar de disparar, y recogía los casquillos de sus balas muertas. El creía que, de esta manera, el despeñadero, sus ánimos y su voz podrían acompañarlo hasta el final de la jornada.

jueves, 25 de octubre de 2007

Anónimo (con ayuda de LH)

Billy the kid conoció el amor en un cuerpo anónimo, con un rostro anónimo y una sonrisa anónima. No tenía mucha más edad que cuando soñaba con atrapar estrellas desde su camarote, pero aquella noche fingió ser un cuerpo apergaminado con oscuras cicatrices de otros tiempos.

Billy the kid repitió muchas veces aquella noche. Y si bien siempre supo el nombre de aquel rostro, prefirió dejarlo sobre la mesita de noche. Billy creía que el amor no debería asirse en un nombre, sino en el contacto de las yemas de los dedos de dos cuerpos sin palabras.

Billy the kid nunca la llamó por su nombre. Pero lo único que le sucedió fue conocerla.

lunes, 22 de octubre de 2007

Billy the kid

Billy the kid (antes llamado sombra) acostumbra desayunar descalzo. Dejar el sombrero de ala ancha sobre la mesa y rezar de mala gana un padre nuestro. No es que sea un tipo muy religioso, pero esa oración es una suerte de homenaje a un párroco que una vez lo ayudó.

Billy the kid no sabe que escribo de él.

Billy the kid sabe llorar y sabe de sufrir. Lo descubrió una noche cuando tenía cinco años y se raspó la rodilla contra un cerco de un rancho vecino.


Billy the kid camina descalzo hacia la salida. Va herido. Por eso sabe a donde va.